Subastando un Imperio

Con la muerte del emperador Pertinax, el 28 de marzo de 193, la guardia pretoriana anunció que el trono se vendería al hombre que pagara el precio más alto. Así, al día siguiente, el senador Didio Juliano decidió usar su vasta riqueza para comprar el trono, superando al prefecto de Roma y suegro de Pertinax, Tito Flavio Sulpiciano. Después de horas de puja, Sulpiciano prometió 20.000 sestercios a cada soldado; Juliano, temiendo que su rival ganara el trono, ofreció 25.000.

En su “Historia Romana”, Dion Casio habló de la subasta: “Didio Juliano, a la vez insaciable captador de dinero y derrochador desenfrenado… siempre ansioso por revolución y, por lo tanto, había sido exiliado por Cómodo… cuando se enteró de la muerte de Pertinax rápidamente se dirigió al campamento y, al pie de la puerta del recinto, hizo una oferta a los soldados para el gobierno sobre Roma”.

En su “Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano”, Edward Gibbon también escribió sobre la subasta: “esta infame oferta, el exceso más insolente de licencia militar, se difundió como dolor, vergüenza e indignación universal por toda la ciudad. Llegó, al fin, a oídos de Didio Juliano”. Aun así, según Gibbon, no fue ego personal sino la sugerencia de su esposa e hija lo que lo convenció de buscar el trono. Gibbon agregó que mientras la Guardia llevaba a Juliano por las calles hasta el Senado, desfilaban a un hombre “a quien servían y despreciaban”. Herodiano, en su “Historia del Imperio Romano”, habló de la recepción de Juliano por parte del pueblo de Roma. “Nadie, sin embargo, gritó las felicitaciones que se suelen escuchar cuando los emperadores iban acompañados de una escolta formal; al contrario, la gente se mantuvo a la distancia, gritando maldiciones y reprendiendo amargamente a Juliano por usar su riqueza para comprar el trono”.

Poco le duraría la gracia al nuevo emperador. Dos meses después estaría acompañando a Pertinax en el más allá. Su muerte marcaría el final del segundo emperador en el “Año de los Cinco Emperadores”.

🎨 «Los pretorianos subastan el Imperio tras asesinar a Pertinax», ilustración de Ramón Acedo

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Desirée, el primer amor del Gran Corso y su musa literaria

Bernardine Eugénie Désirée Clary nació en Marsella, puerto francés en el Mediterráneo, el 8 de noviembre de 1777; era hija de François Clary, un rico fabricante y comerciante de sedas, y Françoise Rose, tuvo dos hermanos: Julie y José Nicolás. Su hermana mayor sería en su momento reina consorte de Nápoles y posteriormente de España.

Recibió una educación conventual usualmente administrada a las hijas de las clases altas en la Francia prerrevolucionaria, pero, durante la Revolución, los conventos fueron cerrados y Désirée regresó a vivir con sus padres. En 1794, su padre murió. Su hermano fue detenido por el gobierno revolucionario y ella dijo más tarde que fue liberado por José Bonaparte luego de haber intervenido en su favor, después de lo cual José fue presentado a su familia y se casó con su hermana. Désirée fue presentada a Napoleón Bonaparte. Los dos se enamoraron y se comprometieron el 21 de abril de 1795 pese a la oposición de su hermano quien argumentaba que “con un Bonaparte basta en la familia”. La noticia causó un gran revuelo en la alta sociedad marsellesa por el origen tan diferente de las dobles parejas de hermanos. Sin embargo, el amor parecía triunfar… parecía.

Apenas cuatro meses después de anunciar su boda, trás ser asignado a París, Napoleón rompía con Désirée. Las razones quizás fueron muchas pero los historiadores ven como la definitiva la entrada en su vida de Josefina de Beauharnais, con quien se casó el 9 de marzo de 1796.

La joven llevó muy mal su ruptura, sentimiento que quedó claramente plasmado en una de sus citas más reconocidas:

Has hecho mi vida miserable, pero soy bastante débil para perdonarte”.

Entre 1795 y 1797 Désirée vivió con su madre en Génova. Luego se fue con su hermana Julie y su cuñado José, quien era el embajador de Francia en Roma (su relación con Julie siempre fue muy intensa y profunda). Estuvo brevemente a la espera para casarse con el general francés Léonard Duphot, matrimonio arreglado por Napoleón, pero éste fue asesinado en un motín en Roma en diciembre de 1797, la víspera de su matrimonio.

Después de su regreso a Francia, conoció a su futuro esposo, el general francés Jean Baptiste Jules Bernadotte, con quien se casó en Sceaux el 17 de agosto de 1798. Cuando Napoleón se enteró de su propuesta de matrimonio con Bernadotte, le escribió a su hermano José el 26 de julio: “Le deseo a Désirée toda la felicidad si se casa con Bernadotte. Ella se lo merece”. En el contrato de matrimonio, Désirée obtuvo la independencia económica. Al año siguiente, Madame Bernadotte dio a luz a su único hijo, Oscar, pero la pareja llevó más tarde vidas separadas.

Queda registrado lo que dijo respecto a su compromiso con Bernadotte: “Era algo diferente a los otros que había rechazado, y accedí a casarme con él cuando me dijeron que era un hombre lo suficientemente fuerte como para defenderse de Napoleón”.

Su marido era un general al frente del ejército napoleónico y normalmente se ausentaba de París. Désirée tenía una buena relación con la familia imperial de Bonaparte, así como con la emperatriz, por lo que declinó no tomar partido en los conflictos entre Josefina y los hermanos de Napoleón. Incluso tuvo un lugar destacado en la ceremonia de coronación en 1804. Vivía una cómoda vida social en la capital durante las largas ausencias de su marido, aunque ella prefería una vida familiar informal antes que la de la corte imperial. Entre 1804 y 1805, Bernadotte, ya Mariscal de Francia, fue nombrado gobernador de Hannover y Désirée y su hijo se mudaron a Hamburgo, pero ella pronto regresó a París; no era feliz viviendo en otro lugar. Cuando su esposo fue hecho príncipe de Pontecorvo en 1806, Désirée preocupada se preguntó si se vería obligada a abandonar la capital francesa, pero estuvo feliz cuando se aseguró de que no lo haría. En 1807, visitó a Bernadotte en Spandau. Désirée no estaba interesada en política, pero sus buenas conexiones la convirtieron en una marioneta en manos de su marido y de Napoleón, quienes la usaron para influenciar a los demás y para comunicarse entre sí con ella como mensajera.

Con respecto a la coronación imperial ella anotó: “París, el día de la coronación de Napoleón, 2 de diciembre de 1804.
Sonido de charanga. Lenta y solemnemente los heraldos en lila y oro se encaminaron hacia Notre Dame. Se les unieron pajes con vestidos de color verde. Luego tocó el turno a Despreaux, el maestro de ceremonias. Detrás de él desfilaron con paso corto y en parejas las dieciséis esposas de los mariscales, tiesas como fantoches. Después Sécurier, y seguidamente Murat. Sécurier, con un almohadón donde se hallaba el anillo de la Emperatriz; Murat, en cambio, con la corona de Josefina. Al salir del palacio, el aire helado me dio en la cara. Llevaba ante mí el almohadón con el pañuelo de encaje como una ofrenda sagrada. Al pasar entre la multitud, que un impenetrable cordón de soldados comprimía, surgieron algunos gritos aislados: ¡Viva Bernadotte! ¡Viva Bernadotte!. Yo seguí con los ojos clavados en la espalda de Murat. Cuando llevaba el pañuelo de Josefina por la catedral, los sonidos susurrantes del órgano y la fragancia del incienso extinguieron todos los pensamientos. Sólo al llegar al fin de la nave se detuvo Murat y dobló a un lado. Vi el altar y los dos tronos dorados. En el que se hallaba a la izquierda, inmóvil como una estatua, había un anciano vestido de blanco: Pío VII, que esperaba desde hacía casi dos horas a Napoleón…

Las relaciones entre Napoleón y Bernadotte nunca fueron completamente buenas. Aunque leal al emperador, no le preocupaba mostrarse como opositor a algunas de sus políticas. En 1809, trás su victoria en la batalla de Wagram, Napoleón le relevó del mando. Teóricamente por haber desobedecido unas órdenes, aunque se ve como más realista la envidia que le producía el aumento de la fama de su amigo. El esposo de Desirée, considerablemente molesto, volvió a París.

En 1810, estando en la capital francesa, Bernadotte recibió la noticia de que había sido elegido heredero al trono de Suecia. Désirée inicialmente pensó que era una posición similar a la del Príncipe de Pontecorvo pero se deprimió cuando se enteró de que en esta ocasión se esperaba que abandonara París para trasladarse a la fría Europa del Norte.

Désirée visitó Suecia por primera vez ese mismo año, pero no pudo adaptarse a las exigencias de la formal etiqueta cortesana. Dijo que había sido tratada con esnobismo por la corte sueca y en especial por la reina, aunque la reina madre fue amable con ella. El clima también fue un problema: llegó a Estocolmo durante el invierno y odió tanto la nieve que lloró. Nunca había querido ser una reina y no quería mudarse tan lejos de su familia. La reina la encontró consentida y poco digna y el entorno francés de Désirée, especialmente Elise La Flotte, la hizo impopular por animarla a quejarse de todo.

La reina la describía como una dama de buen corazón, generosa y agradable cuando elegía ser ella misma y no unirse a la intriga, pero también la consideraba una inmadura y “niña mimada”, que odiaba todas las demandas y no era capaz de manejar cualquier forma de representación. También describió a Désirée como “una mujer francesa en cada pulgada”, que no gustaba y se quejaba de todo lo que no era francés, y “en consecuencia, no es querida”.

Désirée abandonó Suecia en 1811 bajo el nombre de “Condesa de Gotland”, oficialmente a causa de su salud, y regresó a París. Allí permaneció durante doce años, dejando detrás a su marido y su hijo. Ella misma dijo que la nobleza sueca la había tratado como si estuvieran hechos de hielo: “No hables conmigo de Estocolmo, me da frío tan pronto como oigo la palabra”. Se sabe que durante una de las reuniones entre su esposo y el zar de Rusia Alejandro I, este sugirió que Carlos Juan (el nombre adoptado por Bernadotte) se casará con una de sus hermanas, pero éste rechazó la propuesta. Mientras tanto Desirée residía en París de incógnito, con lo que evitaba la política durante el difícil período en que Suecia estuvo en guerra con Francia; sin embargo, su casa en la Rue d’Anjou siempre fue vigilada por los integrantes de la policía secreta y sus cartas eran interceptadas y leídas por ellos.

Cuando Napoleón fue derrotado en 1814, su casa se convirtió en refugio para su hermana Julie. Bernadotte se encontró con ella en París, pero regresó a Suecia solo. Désirée fue ridiculizada por la corte del nuevo rey Luis XVIII como una advenediza, pero mantenía su pequeña corte propia donde daba recepciones. En 1816 hizo planes para regresar a Suecia, pero deseaba llevar consigo a su hermana Julie; su esposo consideraba que eso sería imprudente, pues Julie era miembro de la familia Bonaparte y su presencia podría ser tomada como una señal de que él se hallaba del lado del depuesto Napoleón, así que, al final, esto quedó en nada.

En 1818, su esposo se convirtió en rey de Suecia; pero ella se quedó en París, oficialmente por razones de salud, lo que fue discutido por los periódicos de París y por sus visitantes. En Suecia, su marido tenía una amante, la noble Mariana Koskull. Désirée celebraba recepciones en París como la reina de Suecia los jueves y domingos, a pesar de que todavía utilizaba el título de condesa. En aquella época se enamoró del primer ministro francés, el duque de Richelieu (Armand-Emmanuel du Plessis), a quien siguió en sus viajes hasta la muerte de él en 1822. Ese año se encontró con su hijo Oscar en Aquisgrán.

En 1823, Désirée regresó a Suecia junto con la novia de su hijo, Josefina de Leuchtenberg, nieta de Josefina de Beauharnais; fue una corta visita. El 21 de agosto de 1829 fue coronada a petición propia. Era la primera plebeya en ser reina desde Karin Månsdotter en 1568. También habló de una coronación en Noruega, pero los noruegos consideraban imposible tal cosa debido a la religión de Désirée. La década de 1830 fue un período en el que hizo todo lo posible para ser activa como una reina, un rol que nunca había querido jugar. Fue un tiempo de bailes y fiestas, más lo que se había visto en la corte sueca desde la época del rey Gustavo III, pero Désirée pronto se cansó de su condición real y quiso regresar a Francia. Su marido, sin embargo, no lo permitió.

No hay nada que indique que alguna vez ella haya tenido alguna influencia política. Pasaba sus veranos en el Palacio Rosersberg y visitaba a menudo los balnearios suecos, como el spa Ramlösa. Viajó a Noruega un par de veces, la primera vez en 1825. La corte estaba asombrada por su comportamiento informal: cada mañana visitaba a su marido en camisón, lo que era visto como sorprendente, porque su esposo generalmente recibía en ese momento a los miembros del Consejo de Estado en su alcoba.

En 1844, su marido murió. En 1853, la reina viuda deseaba regresar a París, pero su miedo a los viajes por mar lo hizo imposible. Después se hizo cada vez más y más excéntrica. Iba a la cama por la mañana, se levantaba al atardecer, desayunaba en la noche y daba vueltas en carruaje por las calles, en el patio o vagaba por los pasillos del castillo durmiente con una lámpara.

En el último día de su vida, entró en su palco de la Ópera Real de Suecia justo después de que la actuación terminara. Era el 17 de diciembre de 1860, día en que Désirée murió, tenía 83 años.

Meses antes de su fallecimiento, su nieta menor (princesa Eugenia) le preguntó lo que más extrañaba de Francia, y esta le respondió:

Tener 18 años y ser muy feliz porque el amor entró una tarde por la puerta de mi casa en Marsella”.

📌 En 1795, Napoleón puso por escrito su memorable relación con Désirée cuando escribió una novela romántica titulada “Clisson et Eugénie”. La novela es ampliamente reconocida como una versión ficticia de su romance condenado al fracaso con Désirée.

Muchas gracias por su lectura.

✍️ Juan Alarcón Z. (JAZ)


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La cacería del mamut

La última población de mamuts lanudos vivía en la isla Wrangel, en el mar de la Siberia Oriental. Se extinguieron hace 4000 años. Para entonces, los egipcios ya habían construido las pirámides…

El mamut lanudo (Mammuthus primigenius) es el tercer animal más representado en las pinturas rupestres, los dos primeros son el bisonte y el caballo. En el pasado, hubo diez especies de mamuts diferentes, incluido un mamut pigmeo. El mamut lanudo es, con mucho, el más famoso de todos.

Los mamuts lanudos eran comparables en tamaño a los elefantes africanos, sus parientes. Pesaban alrededor de seis toneladas y medían alrededor de tres metros y medio de altura. Sus colmillos podían medir hasta tres metros de largo en promedio.

Sus antepasados, llamados mamuts esteparios, eran mucho más grandes, llegaban a pesar catorce toneladas y medir cuatro metros y medio de altura.

Los mamuts lanudos prosperaron en un clima frío. Su gruesa capa de pelo, de hasta 90 centímetros de largo, los protegían de las bajas temperaturas y sus grandes glándulas sebáceas secretaban aceite para impermeabilizar sus abrigos. Además, tenían jorobas, como camellos, llenas de grasa para almacenar nutrientes adicionales durante los largos inviernos.

Los mamuts adultos no tenían enemigos naturales, pero las crías eran vulnerables a los ataques de osos y tigres dientes de sable.
El mamut lanudo se desarrolló hace unos 200.000 años en el este de Asia. La población de mamuts se extendió por el norte de Asia, Europa y América del Norte.

Al final de la última Edad de Hielo, hace 10.000 años, la mayoría de los mamuts lanudos se había extinguido. Aunque los mamuts habían sobrevivido a todos los calentamientos globales anteriores, el último resultó ser fatal.

Los científicos creen que hay dos razones principales para la extinción de los mamuts. La primera es la caza humana y la segunda es la desaparición de su principal alimento: la hierba rica en proteínas.

Para nuestros antepasados buscar fuentes de alimento era una cuestión de vida o muerte. Las grandes fuentes de carne eran escasas así que atrapar un mamut significaba que un pequeño clan de treinta personas podrían comer durante al menos dos semanas.

Pero atrapar un mamut no era cosa fácil, los primeros cazadores tenían que trabajar duro y de manera sincronizada. Primero iban tras las crías y las hembras, ya que eran presas más fáciles que los machos. Además, los mamuts más pequeños sabían mejor, su carne era más fácil de consumir y eran más fáciles de transportar.

Los mamuts lanudos eran fáciles de localizar porque sus manadas dejaban grandes huellas en la hierba. Cómo ahora los elefantes, usaban caminos familiares y dependían de las fuentes de agua.

Los hombres de las cavernas utilizaron diferentes técnicas para atrapar estos grandes animales. Una de las técnicas más conocidas incluía perseguir al animal hacia un acantilado para desbarrancarlo o hacia un pozo lleno de púas. Los cazadores también usarían fuego y a los primeros perros domesticados para asustar a los mamuts.

La fosa del mamut tenía por lo menos de dos metros de profundidad, con lados lisos en pendiente. Lo cavaban en un camino frecuentado por los mamuts y cubrian el pozo con ramas y una capa de tierra.

El pozo no necesitaba ser demasiado profundo, ya que el tamaño y el peso del mamut impedían que el animal escapara. Sin embargo, los mamuts eran animales inteligentes, pronto aprendieron sobre los pozos y los evitaron.

Otra estrategia consistía en rodear al mamut y usar lanzas para matarlo. Los cazadores usaban lanzas con hojas de pedernal. Las lanzaban contra el animal, esperando que penetraran la piel gruesa y así matarlo.

Nuestros antepasados cazaban a los mamuts lanudos en busca de carne, huesos y pieles.
La carne y la grasa eran una excelente fuente de calorías, aminoácidos y minerales. La grasa era la fuente de energía natural más condensada.

Los hombres de las cavernas conservaban la carne de mamut enterrándola en la nieve, poniéndola en salazón o ahumándola. Algunos historiadores creen que arrojaron la carne en turberas (un tipo de humedal), que conservan la carne hasta por dos años.

Los huesos de mamut se utilizaron como material de construcción para las primeras cabañas. Los hombres de las cavernas también usaban los huesos para la fabricación de herramientas y como combustible para el fuego.

Usaban pieles de mamut para ropa, contenedores y refugios. Los tendones se reciclaban para fabricar amarres y cuerdas.

La caza del mamut lanudo suponia un esfuerzo considerable pero además de ser una actividad fundamental para alimentar a las familias, constituía un acto cultural y simbólico indispensable para mantener la cohesión de la comunidad.

✍️ Juan Alarcón Z (JAZ)

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Los Bandeirantes

Los bandeirantes, también llamados “sertanistas”, eran hombres que, al comienzo de la colonización de Brasil, participaron en expediciones pioneras por el interior del país.

Los hombres que participaron en las “bandeiras” y “entradas” eran principalmente paulistas, quienes, entre los siglos XVI y XVIII, participaron en la captura de esclavos fugitivos, destrucción de quilombos, encarcelamiento de indígenas, mapeo de territorios y en la búsqueda de piedras y metales preciosos.

A pesar del romanticismo y heroísmo con que los presentó la historia brasileña temprana, la realidad vivida por estos hombres fue precaria. Avanzaban descalzos, con la ropa en harapos, y era común que sufrieran hambre, enfermedades y ataques de animales salvajes e indígenas hostiles. Esta dureza de sus expediciones hizo que los bandeirantes fueran hombres extremadamente violentos, ambiciosos y rudos, características muy utilizadas para la esclavitud de los indios y la lucha contra los quilombos.

En esa época, se organizaron dos tipos de expediciones: las “Entradas”, que eran expediciones oficiales, organizadas por el gobierno, y que comenzaron a realizarse antes, en el siglo XVI, y las “bandeiras”, que eran de iniciativa privada.

Francisco de Sousa, gobernador general de la capitanía de São Vicente, desde 1599 hasta 1605, fue quien organizó las primeras “bandeiras”.

Los bandeirantes dejaban São Paulo y tenían el río Tietê como uno de sus principales medios de acceso al interior del continente. En promedio más de 2 mil hombres participaban en las “bandeiras”, incluidos los brasileños de ascendencia portuguesa y los caboclos o mamelucos, un nombre dado a la raza mixta de indios con blanco. El comando, sin embargo, siempre fue de paulistas de origen portugués. Los acompañaban también nativos aliados que cumplían función de auxiliares.

Las bandeiras terminaron jugando un papel importante en la posesión, expansión y consolidación del territorio brasileño, porque, a diferencia de lo que sucedió en las “entradas”, sus expedicionarios cruzaron las fronteras que Brasil tenía en ese momento, definidas por el Tratado de Tordesillas, acuerdo firmado entre Portugal y España, que dividió la posesión de tierras del Nuevo Mundo, entonces recién descubiertas.

Durante el período en el que la Unión Ibérica anuló las delimitaciones impuestas por el Tratado de Tordesillas, el bandeirantismo intensificó sus actividades, llegando a regiones cada vez más lejanas como Bolivia, Paraguay, Uruguay e incluso hasta los límites con Perú. Estás exploraciones delimitaron el territorio brasileño que conocemos hoy.

Los bandeirantes también fueron importantes en el desarrollo de Brasil. Donde quiera que pasaban, se abrían senderos y caminos, en los márgenes de los cuales se formaron pequeños pueblos: en el interior de São Paulo, en Minas Gerais, en Mato Grosso y en Goiás .

Las expediciones comandadas por los bandeirantes contribuyeron al desarrollo de la economía de la colonia, y sus descubrimientos de metales y piedras preciosas permitieron el comienzo del ciclo del oro.

▪️El lado negativo de las bandeiras.

Las expediciones comandadas por los bandeirantes diezmaron a varios pueblos indígenas. Los indios que no se sometieron a la esclavitud fueron asesinados sin piedad. La misma violencia se usó para cazar esclavos fugitivos. Fue el bandeirante de São Paulo Domingos Jorge Velho quien destruyó, en 1695, el Quilombo dos Palmares, en Alagoas , y condujo a la muerte de su líder, Zumbi dos Palmares.

Entre los años 1612 y 1638 los ataques bandeirantes se repitieron periódicamente. Cada vez con mayor crueldad y ensañamiento. Pero los años más tristes fueron entre 1627 y 1631. Ya para entonces los paulistas entraban a sangre y fuego a las reducciones y se llevaban acollarados a todos los indios que podían apresar. Los que se resistían eran asesinados.

Al cazar y esclavizar a los indios, los bandeirantes entraron en conflicto directo con los jesuitas. Los bandeirantes encontraron que atacar las misiones jesuitas era una alternativa rentable, en la que podían conseguir indios acostumbrados a una rutina de trabajo manual. Destruyeron las misiones jesuitas españolas, que trabajaban para catequizar a los indios, en las regiones donde se encuentran hoy los estados de Paraná, Rio Grande do Sul y Mato Grosso. Alrededor de 1640, lograron expulsar a los jesuitas de São Paulo, siendo los sacerdotes de esa orden quienes habían fundado la ciudad.

Por lo anterior expuesto, los bandeirantes fueron condenados por los sacerdotes de la Compañía de Jesús, que se volvieron sus enemigos y con quienes entraron en combate armado muchas veces. Los jesuitas armaron y entrenaron militarmente a los indígenas de las reducciones en defensa contra los paulistas.

Los métodos de los bandeirantes eran en extremo crueles; por citar un ejemplo, la reducción de San Antonio (Guayrá) que intentó resistir, fue destruida y quemada, degollados al pie del altar de su iglesia varios de sus habitantes y el resto, en número de 2500, vendidos en los mercados de São Paulo y Río de Janeiro, después de una extenuante caminata de cen­tenares de kilómetros. Muchos de los indios capturados morían en el camino, agotados por el esfuerzo.

Se calcula que los bandeirantes, a lo largo de su historia, eliminaron o esclavizaron a más de 500.000 nativos.

▪ Bandeirantes más famosos

Los pioneros más conocidos fueron Fernão Dias Pais Leme y su yerno Manuel Borba Gato, Antônio Raposo Tavares, Bartolomeu Bueno da Silva (Anhanguera), Domingos Jorge Velho, Antônio Raposo Tavares, Nicolau Barreto y Manuel Preto.

Fernão Dias Pais Leme exploró el interior de los estados actuales de Paraná, Santa Catarina y Rio Grande do Sul. En 1640, ayudó a expulsar a los holandeses que amenazaban con invadir la costa de São Paulo. En 1674, cuando tenía 66 años, organizó, junto con su yerno Manuel Borba Gato, una bandeira para buscar esmeraldas en la cordillera de Sabarabuçu, en Minas Gerais. Murió siete años después, víctima de la malaria, creyendo que las turmalinas que había encontrado eran las soñadas esmeraldas.

Antônio Raposo Tavares el Viejo era un portugués que vivía en São Paulo, estaba con Manuel Preto, comandante de la bandeira de 1638, que fue a expulsar a los jesuitas españoles establecidos en las reducciones de Guairá, en el actual Paraná, y Tapes, donde hoy se encuentra Río Grande do Sul. De 1639 a 1642 se unió a las fuerzas de São Paulo, quien luchó contra las invasiones holandesas en Bahía. Raposo Tavares fue el autor de uno de los mayores logros de los pioneros. En 1648, entró con sus hombres en Paraguay y cubrió una gran parte de la región amazónica, hasta que llegó a la desembocadura del río Amazonas, realizando un recorrido de casi 10.000 kilómetros.

Bartolomeu Bueno da Silva, el Anhanguera, ingresó, en 1676, por primera vez en el territorio que hoy pertenece al estado de Goiás, llegando al río Araguaia. Para hacer que los indios revelaran la ubicación de las minas de oro de las que obtenían sus adornos, Bueno prendió fuego a un recipiente lleno de brandy y amenazó con incendiar todos los ríos y fuentes. Por esta razón, se llamaba Anhanguera, que en Tupi significa “viejo demonio”.

Con la intensificación del control de las autoridades portuguesas y las reformas impulsadas por el Marquês de Pombal, el bandeirantismo terminó perdiendo su importancia. Sin embargo, en el período en el que se consolidó como actividad económica, la acción de estos hombres fue de gran importancia para la expansión de territorios y la diversificación de actividades comerciales de la joven nación brasileña.

Los bandeirantes fueron aclamados como héroes por el gobierno de São Paulo. ¿Pero fueron héroes o villanos? Quizás fueran ambos.

📖 Fuente:

Carvalho Franco, Francisco de Assis, Diccionario de Bandeirantes y Sertanistas de Brasil, Editora Itatiaia Limitada – Editorial de la Universidad de São Paulo, 1989.

✍️ Juan Alarcón Z (JAZ)

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Bagdad, la ciudad redonda

Cuando los abasíes de Abu al-‘Abbas as-Saffah depusieron a la primera dinastía islámica, los omeyas, para abrir los roles del poder incluso a los musulmanes no árabes (principalmente persas), surgió el problema de establecer la capital del nuevo imperio.

La antigua Damasco contenía demasiados elementos de la antigua dinastía para seguir siendo utilizada como capital del inmenso dominio nacido de la prédica de Mahoma.

Vista parcial de la ciudad y su forma circular

La decisión fue tomada, finalmente, por el nuevo califa Al-Mansur “El Victorioso” que no dejó nada al azar al elegir el lugar y el momento correctos para encontrar lo que sería la nueva capital del Islam. Se dice, que cuando navegaba en el Tigris para encontrar un sitio adecuado, una comunidad de monjes nestorianos le aviso de la ubicación y el clima favorables en la zona.

El 30 de julio de 762, se fundó la ciudad de Bagdad, en el corazón de Mesopotamia, como una tierra rica y antigua y el Tigris que lo rodeaba le dio un gran suministro de agua. La fecha de fundación, en cambio, fue elegido consultando a varios astrónomos que indicaron el momento del signo del León como el más adecuado ya que, asociado con el elemento fuego, simbolizaba fuerza, expansión, productividad y orgullo.

Mapa de la antigua ciudad de Bagdad

El plano de la nueva ciudad emergente era de forma circular construida en la base con dos semicírculos de 19 km de diámetro cada uno, esta elección inusual era una forma de contrastar con la tradición greco-romana preeminente que siempre utiliza formas cuadradas o rectangulares para realizar la construcción de sus ciudades.

El círculo perfecto era un tributo a las enseñanzas geométricas de Euclides, a quien el califa había estudiado y admirado. Luego, este mismo recorrió la demarcación a nivel del suelo, indicó su aprobación y ordenó que se colocaran bolas de algodón empapadas en nafta (petróleo líquido) a lo largo de los contornos y se prendieran fuego para marcar la posición de las paredes exteriores doblemente fortificadas.

Con una circunferencia de cuatro millas, las enormes paredes de ladrillo que se elevaban desde las orillas del Tigris fueron la firma definitoria de la Ciudad Redonda de Al-Mansur. Según el erudito del siglo XI Al Khatib al Baghdadi, cada hilera constaba de 162.000 ladrillos para el primer tercio de la altura del muro, 150.000 para el segundo tercio y 140.000 para la sección final, unida con haces de cañas. El muro exterior tenía 80 pies de alto, coronado con almenas y flanqueado por baluartes. Un profundo foso rodeaba el perímetro exterior. Este fue, con mucho, el proyecto de construcción más grande del mundo islámico: Se calcula que hubo 100.000 trabajadores involucrados.

Cuatro puertas equidistantes atravesaban los muros exteriores donde caminos rectos conducían al centro de la ciudad. La puerta de Kufa al suroeste y la puerta de Basora al sureste se abrían al canal de Sarat, una parte clave de la red de vías fluviales que drenaban las aguas del Éufrates hacia el Tigris. La puerta de Sham (Siria) al noroeste conducía a la carretera principal hacia Anbar, y atravesaba los páramos del desierto hasta Siria. La puerta de Khorasan se encontraba cerca del Tigris y conducía al puente de barcos que la cruzaba.

El centro de Bagdad consistía en un inmenso recinto, tal vez de 2 kilómetros de diámetro, con el recinto real en su corazón. Los márgenes exteriores estaban reservados para los palacios de los hijos del califa, las casas del personal real y los sirvientes, los cuarteles para la guardia y otras oficinas estatales. El mismo centro estaba vacío excepto por los dos mejores edificios de la ciudad: la Gran Mezquita y el Palacio de la Puerta Dorada del califa, una expresión clásicamente islámica de la unión entre la autoridad temporal y espiritual.

El palacio de Al-Mansur era un edificio notable. Su característica más llamativa era la cúpula verde de 40 mt de altura sobre la sala de audiencias principal, visible a kilómetros a la redonda y coronada por la figura de un jinete con una lanza en la mano. La gran mezquita de Mansur fue la primera de Bagdad.

En su mejor momento, la Ciudad Redonda albergó entre 1.2 y 2 millones de habitantes. Esta nueva capital eclipsó rápidamente en riqueza y poder a Ctesifónte, la antigua capital del Imperio Sasánida, y también a Babilonia, ambas ubicadas más al sur, de estas dos ciudades, ahora solo quedan ruinas, mientras que Bagdad marcó el comienzo de una era de prosperidad y progreso, a menudo llamada la Edad de Oro del Islam por los historiadores.

Ahora ya no tan redonda, aún sobrevive, a pesar de todo el daño (especialmente reciente) que ha sufrido y esperamos que lo haga por mucho tiempo más.

✍️ Juan Alarcón Z (JAZ)

Muchas gracias por su lectura.


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